Creencias tradicionales frente a los postulados bíblicos.
Por: Dr. Álvaro Pandiani*
Desde un punto de vista bíblico y cristiano, la situación de enfermedad y el sufrimiento humano son interpretados como el resultado natural del estado de pecado, alienación y separación del hombre con respecto a Dios. En la columna anterior procuramos analizar el concepto de castigo, y llegamos a la conclusión de que en determinadas ocasiones, según la Biblia y la historia cristiana, la enfermedad física, individual o epidémica, cayó sobre los seres humanos con el propósito de castigar a los mismos por sus hechos inicuos. Esa idea proporciona una respuesta a aquella pregunta sobre un por qué de la situación; una respuesta metafísica, la expresión de un propósito o designio fijado en un orden superior, que brinda un sentido último a todo lo que acontece.
El concepto de castigo, entonces, atribuye a Dios el propósito de castigar, y adscribe a la enfermedad la condición de ser instrumento de castigo. Este aspecto es la más elemental de las interpretaciones que hace el hombre de la situación de adversidad o sufrimiento; fruto quizás de un innato sentido de justicia y una conciencia de culpabilidad personal que puede tener sus raíces, más allá de hechos aislados y concretos, en el estado de pecado común a toda la raza humana; una conciencia reprimida y sofocada, pero no erradicada.
Dios toma entonteces la apariencia de un policía suprahumano inflexible, cuya única función es vigilar atentamente la conducta humana para castigar sus errores, en lo que constituye una tergiversación de los propósitos de Dios que desfigura la persona divina. La Biblia nos da la perspectiva correcta. En las Sagradas Escrituras encontramos una visión amplia de la situación de enfermedad, la cual, cualquiera que sea el final de la enfermedad en sí, puede tener múltiples resultados positivos.
Un pasaje bíblico en el que podemos encontrar dos de esos propósitos lo constituye la confesión final de Job; en 42:2-6 leemos: “Yo reconozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que te sea oculto. ¿Quién es el que, falto de entendimiento, oscurece el consejo? Así hablaba yo, y nada entendía; eran cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Escucha, te ruego, y hablaré. Te preguntaré y tú me enseñarás. De oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven. Por eso me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza”. Job dice: “¿Quién es el que, falto de entendimiento, oscurece el consejo?”, refiriéndose a sí mismo, y agrega: “Así hablaba yo, y nada entendía”. De estas expresiones podemos deducir que el largo proceso de sufrimiento le llevó a meditar intensamente en su vida y conducta, en sus creencias, opiniones y conocimientos; es más, y lo más importante, dicho proceso le llevó a conocer su estado moral delante de Dios. En otras palabras, el sufrimiento fue un proceso que le llevó a escudriñarse a sí mismo, a examinarse detenidamente e identificar sus virtudes y pecados, con especial énfasis en sus defectos y debilidades, juzgándose por los mismos, y procurando apartarse de los mismos, según se infiere de su expresión final: “me aborrezco y me arrepiento”. Una segunda consecuencia importante y positiva es la que Job expresa en el versículo 5: “De oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven”; la inferencia es que al haber pasado por el sufrimiento y la enfermedad, este hombre ha descubierto cosas de Dios que antes no sabía. Más exactamente, ha tenido un encuentro con Dios, ha descubierto con Dios. La enfermedad y el sufrimiento fueron un proceso que le llevó a conocer a Dios, y a conocerlo tan profundamente que aquello que antes sabía de Dios era como un rumor que le habían contado.
Indudablemente sería positivo para cualquier persona enferma, sin importar su credo, religión o posición filosófica frente a la vida, saber que Dios en verdad le ama, y que no debe interpretar la enfermedad necesariamente según el mezquino concepto de castigo, sino más bien como una situación que un Dios amoroso puede utilizar para llevarle a conocerse a sí mismo, y hacer los ajustes necesarios para conocer a Dios.
Cuando un creyente está enfermo, tampoco deberíamos a priori sustentar el mezquino concepto de castigo. Según el apóstol Pedro el cristiano puede, por un poco de tiempo y si es necesario, ser afligido por diversas pruebas (1 Pedro 1:6,7); el propósito es probar la fe, para que una vez superada la prueba, sea encontrada digna de elogio y honra. En otras palabras, las dificultades y problemas de la vida cotidiana, y más aún las situaciones graves y circunstancias adversas, entre las que se incluye la enfermedad física, pueden definirse como pruebas o exámenes para evaluar la fe. El sufriente comprende hasta que punto su fe le sostiene en la crisis que atraviesa; valoriza la medida de su fe, o la autenticidad de ésta, en función de la certeza que le brinda acerca de Dios, la inmutabilidad de su amor, la infinitud de su conocimiento y la grandeza de su poder; certeza que le mantendrá firme en la dura situación que enfrenta. Cuando la firmeza se quiebra porque la certeza no es tal, la fe resulta insuficiente, lo que constituye una crisis sobreagregada. La crisis de fe puede tener la virtud de empujar hacia una búsqueda por los caminos espirituales que agiganten la magnitud de la fe, para soportar hasta que haya concluido “de la mano del Señor”; “tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:13). De esta manera la fe resulta “perfeccionada”, es decir, incrementada y fortalecida, y se constituye en testimonio ante el mundo del poder de la fe cristiana para sostener la firmeza inquebrantable de quienes la profesan en medio de cuantas dificultades se presenten, independientemente de su personalidad, firmeza o fragilidad de carácter, y fortaleza o debilidad de temperamento.
Otro punto a considerar sobre propósitos divinos del sufrimiento y la enfermedad lo objetivamos en la experiencia del apóstol Pablo. Cuando escribe la carta conservada en el Nuevo Testamento como la Segunda Epístola a los Corintios, Pablo confiesa sufrir algo a lo que llama “aguijón en la carne” (capítulo 12). Mucho se ha conjeturado acerca de lo que sería exactamente este “aguijón en la carne”. Scofield opina que no se dan detalles para que el consuelo que tenía el apóstol en Dios pueda impartirse a todos los que sufren de diversas maneras. Algunos han especulado que el aguijón en la carne era el orgullo; otros, que se trataba de una fuerte tendencia contra la tentación sexual. Ignoro sobre qué bases se emitieron estas opiniones. Hay consenso entre la mayoría de los eruditos bíblicos en interpretar el aguijón en la carne como una enfermedad física; concretamente, algún tipo de enfermedad ocular inflamatoria crónica, probablemente infecciosa, que le estaba dejando ciego. Existen algunas referencias en los escritos del propio apóstol Pablo que parecen apoyar este planteo (si bien no todos están de acuerdo, o no los interpretan de esta forma): “… a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio”; “… si hubierais podido, os habríais sacado vuestros propios ojos para dármelos” (Gálatas 4:13, 15); “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano” (Gálatas 6:11, pasaje que parece destacar su necesidad de escribir con grandes letras a causa de su incipiente ceguera; aunque, como dijimos, también se presta a otras interpretaciones). Otro elemento a favor es la compañía de Lucas, un médico (Pablo les escribe a los Colosenses: “os saluda Lucas, el médico amado”; 4:14); una compañía fiel y extendida en el tiempo casi hasta el final de su vida, lo que se infiere en la última carta escrita por Pablo, la Segunda a Timoteo, en la que leemos: “solo Lucas está conmigo” (4:11). Si aceptamos, pues, que Pablo era un hombre enfermo, resulta interesante ver que él pidió a Dios su curación (pidió que Dios le quitara el aguijón), a lo cual Dios se negó. Lo que a primera vista parecería una crueldad de parte de Dios, se transforma en una acción con propósito: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Pablo comprende que su enfermedad tiene un propósito, y lo acepta; él dice: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (versículo 10). Este concepto, contradictorio en apariencia, ya estaba en la mente del apóstol cuando escribió que él y Timoteo estaban “atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos”, porque en “vasos de barro” (seres humanos; ellos mismos), estaba la excelencia del poder de Dios (2 Corintios 4:7, 8, 9).
Esta paradoja se inscribe en un plan más vasto de Dios que se expresa de la siguiente manera: “… lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:27-29). La idea es que los humildes, los débiles, los despreciados, los sufrientes, sean canales, instrumentos y/o agentes del poder de Dios, que sobrepuja todo lo que está al alcance del intelecto y la capacidad humana; muy especialmente, de la humanidad rebelde e indiferente a Dios.
Examinarse y conocerse a sí mismo, tener un encuentro con Dios y conocerle, ser perfeccionado en la fe, y llegar a ser un canal del poder de Dios, son propósitos que pueden estar implícitos en una situación de enfermedad, cuando nos enfrentamos al problema del sufrimiento; experiencias negativas que pueden dar resultados positivos cuando son soportados con paciencia, sin prejuicios ni arrebatos, sino antes bien procurando con humildad conocer los designios de Dios.
(Extractado de Teleología de la enfermedad, el sufrimiento y la sanidad, Capítulo 7 del libro Cielo de Hierro Tierra de Bronce, Editorial ACUPS, Montevideo, Octubre de 1998).
* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.
Lea o escuche «La enfermedad, ¿castigo divino? – Parte 1» haciendo clic aquí.


8 Comments
Hola
Toda mi vida no he hecho nada malo de manera inhumana,
Nací discapacitada con huesos deformada. Ademas
fui buena estudiante y de repente me enferme de
Sorpresa dseagradable de multiple-artrosis todo mi cuerpo
justo faltando 3 semestres para
de graduarme el arte en bellas artes. Aunque gradué
Con rodillas operadas y ser única persona discapacitada
q logré terminar la carrera de artes plasticas.
Antes de.recibir a Cristo, he intentado de suicidarme
para poner fin de mi sufrimiento.
Luego de recibir a Cristo, me da ganas de irme al cielo ràpido
que las ganas de acabar mi vida. A pesar me esfuerzo
no pensar en eso. Aun soy superhipermega- imperfecta y
me acepto
Encontré ese versículo q yo buscaba como investigar.
Es cierto todo lo q opinas o interpretas de ese tema.
A pesar de ser fuerte en mi interior, auto-reconocer
mis errores y defectos, enriquecer mi soledad,
aprender y aceptar de mi discapacidad de nacimiento
(huesos fragiles, multiple-artrosis y tumor benigno en mi
cadera izquierda y sordera leve de nacimiento, además
de codepender a mi Esposo Dios.
Peeeeero, mi corazón, a veces me duele q mis sueños y anhelos
de mi propósito esperanzado ha sido un fracaso total como
hacerme sentir demasiado inútil diariamente.
Mi vida con enfermedad es muy duro y me da de buenas
envidia a las personas q no sufren enfermedades como
gloria a Dios y sobretodo a veces me da rabia que las
personas sanas no superan ni meditan y/o no aprovechan
sus bendiciones de BUENA SALUD.
¿Dios desagrada si me rechazo de tomar el tratamiento como para
decirle «me rindo de mi dolor infinito y mis lágrimas de sangre rebosada
del mar»?
Gracias
Miguel, una preguntita: ¿el Dr. J. Vernon McGee a la par de la Biblia? No se entiende bien tu comentario, hermano.
Disculpe hermano, solo pretendí trasladar o compartir mi Inquietud con ustedes dando citas bíblicas, y de pronto me excedí y sirvió de distracción el citar al Dr.J.VernonMcGee como reconocimiento y compartir uno de los programas más respetados y antiguos de Estudios Bíblicos de RTM (nunca a la par, eso lo dijo usted), pero vale la cita. Para usted Hermano con todo cariño, Sólo Biblia: El presente Artículo No hace referencia a: 1Corintios.11 [ (29) Porque si come y bebe sin fijarse en que se trata del cuerpo del Señor, para su propio CASTIGO come y bebe. (30) Por eso, muchos de ustedes están ENFERMOS y débiles, y también algunos han muerto. (31) Si nos examináramos bien a nosotros mismos, el Señor no tendría que CASTIGARNOS, (32) aunque si el Señor nos CASTIGA es para que aprendamos y no seamos condenados con los que son del mundo]. Y también las citas Bíblicas que comentó el Dr.McGee Efesios.5 [ (6) Que nadie los engañe con palabras huecas, porque precisamente por estas cosas viene el terrible CASTIGO de Dios sobre aquellos que no lo obedecen.] y le llevó allí a citar inmediatamente 1Corintios.11.31. Con todo respeto espero haber dado respuesta a su pregunta, y le agradezco haya permitido que mi inquietud o comentario no quede como oscuro. Dios lo Bendiga.
Gracias, hermano Miguel, por la aclaración. Ahora, una humilde observación: usted parece interpretar el artículo en el sentido de que el Señor no castiga. Usted hace mucho énfasis en el CASTIGO (lo pone así, en mayúsculas). Yo no entiendo eso del artículo. Creo que el artículo va por el lado de no exagerar y adjudicar TODA enfermedad a un castigo de Dios; y eso queda suficientemente probado con argumentación basada en versículos bíblicos. Permítame citarle un párrafo de la primera parte de este estudio:
“Porque si bien el concepto de castigo por el pecado tiene abundante precedente y respaldo bíblico, como hemos visto, ahora queremos decir que, como cristianos, consideramos erróneo atribuir absolutamente toda enfermedad física que afecte individual o colectivamente al ser humano, a un acto judicial de Dios”.
Esa es una visión más completa del tema, me parece. Por supuesto que Dios castiga, y a veces castiga con enfermedad; pero no siempre la enfermedad es un castigo de Dios. No parece que 1 Corintios 11 aporte más a la discusión de este tema. Le invito a leer nuevamente las dos partes del artículo para una visión más completa. Muchas bendiciones.
En tanto las enfermedades como castigo, pareciera que olvidaron explicar el estudio de esta cita bíblica que refiriere el Castigo como enfermedades, ver cita 1Co.11:29-32 sobre la enseñanza de 1Co.11:23-34 (revisar B. DHH); así también bueno sería citar al Dr. J. Vernon McGee en A través de la Biblia en el pasaje Efesios 5.3-13 (emitido el Vi> 17ago2012) dice «ÉL no castiga a los hijos de Satanás para nada», pues junto al mundo están condenados. Dios nos bendiga en su inmensa misericordia.
Gonzalo, gracias.
Nunca estuviste seriamente enfermo y te hiciste preguntas un poco más profundas, ¿no?
la enfermedad es causada por el correr de los años y el descuido que tiene el ser humano en su juventud porque hace lo que no debe ser
No hay mejor actitud del ser humano que el estar preparado para enfrentar la adversidad. Este tema amerita tomarlo en cuenta y usarlo para ayudar a los que sufren. Por favor léelo.