Por: Ps. Graciela Gares
Parte 1:
Parte 2:
Desde que la violencia se instaló en los eventos deportivos, más de la mitad de los uruguayos consideran que las llamadas “barras bravas” son una influencia altamente negativa en el fútbol. Han sido definidos como grupos cuasi-mafiosos, que extorsionan a los dirigentes de los clubes deportivos, exigiéndoles entradas y viajes a cambio de no generar desmanes, según la investigación reciente de un semanario uruguayo.
Se vinculan institucionalmente con los principales cuadros deportivos de un país, a los cuales presionan para obtener privilegios para sí mismos. Participarían en reventa de entradas, y venta de drogas a sus simpatizantes, entre otras acciones delictivas, incitando permanente a la violencia. En Uruguay, son responsables de varias muertes de hinchas de equipos contrarios. No van a las canchas a disfrutar del espectáculo deportivo, sino a enfrentarse con sus rivales, entonando cánticos de provocación.
Siempre hubo algún tipo de violencia en el deporte, pero ésta ha aumentado exponencialmente en los últimos años, estando más organizada y curiosamente vinculada al narcotráfico. La violencia no sólo se desarrolla en las tribunas o en las calles en torno a los estadios; está también dentro de las canchas aún entre los jugadores rivales.
En países altamente futboleros como Uruguay, Argentina y Brasil esto representa un drama social. Según investigaciones realizadas por la Universidad de la República, el 53 % de los uruguayos percibe al fútbol como lo que más representa al país en el extranjero y la mitad de la población le asigna más importancia al fútbol que a la política en nuestra sociedad. De hecho, el 66 % de los uruguayos contrata servicios de televisión por cable con el fin primordial de ver fútbol.
Comenzando a analizar este lado oscuro del deporte, convendría pensar si el fútbol debería seguir siendo considerado un juego o es más bien un trabajo para algunos y un negocio para muchos. La importancia asignada a los resultados hace que ganar o perder sea una cuestión de vida o muerte para el integrante de una “barra brava”.
Un psicólogo deportivo expresó que en ese ámbito se ha radicalizado mucho el concepto de victoria como el de derrota. Perder es visto y vivido como catastrófico, “está todo mal”, aunque se haya exhibido un buen juego en la cancha. Cierta parte de la sociedad lo piensa así; también muchos los jugadores y peor aún, ciertos sectores de las hinchadas.
La tolerancia a la frustración no siempre sale a relucir en estas situaciones.
El dinero en juego, el prestigio buscado y la necesidad de auto-afirmación no deberían intervenir en estas competencias, pero así ocurre y en particular se exacerban en algunos individuos deficitarios en lo cultural pero fundamentalmente en sujetos con carencias afectivo – emocionales profundas. De allí la existencia de las barras bravas. Algunos jueces, al tomarle declaraciones a quienes protagonizan desmanes, constataron sorprendidos que algunos de ellos a pesar de su edad, apenas sabían escribir.
¿Por qué tantos jóvenes son seducidos para integrar una barra brava? Ellos quieren salir del anonimato, de sentirse que no son nada o nadie, y llegar a alcanzar fama y hacerse respetar o despertar admiración. Carecen de sentido de vida definido y nada los motiva, salvo su pertenencia a la barra. Al llegar al estadio a menudo son ovacionados y ello nutre su muy baja autoestima. Suelen haber estado expuestos a la violencia tempranamente en sus vidas, en sus hogares.
Un testimonio personal
Algunos ex integrantes de barras bravas nos ayudaron a entender cómo llegaron a ello. Uno de ellos relata que durante su infancia convivió con un padre alcohólico. Cuando no había bebido, el hijo se acercaba a él. Pero una vez que consumía alcohol, arrasaba con todo en la casa; se volvía violento al tal punto que un día golpeó a ese hijo hasta dejarlo inconsciente y hubo que hospitalizarlo. También violentaba a su esposa. Al aproximarse a la casa, el hombre daba un grito avisando que llegaba y el hijo corría a esconderse bajo la cama o en casa de un vecino. Desde allí, el hijo comenzó a odiarlo.
Su infancia fue corta, a su entender, pues a los 9 años decidió salir a trabajar para paliar carencias que había en el hogar, mientras su padre gastaba dinero en alcohol. En una ocasión el padre golpeó a su esposa. El hijo, que tenía ya 11 años, se rebeló y fue la primera vez que le pegó a su padre. Aunque su padre le devolvió el golpe, supo que ahora tenía en su casa un hijo que lo enfrentaba. El hijo ideaba mentalmente cómo podría quitarle la vida a su progenitor.
Fue creciendo y llegó a ser parte de la hinchada de un club de fútbol de Argentina. Se vinculó al núcleo “pesado” de la barra porque halló que era la forma de sacar de adentro la ira que llevaba. Era la ocasión para explotar, gritar y exteriorizar la furia por todo lo vivido en el hogar de su niñez. Realmente no disfrutaba del espectáculo deportivo, sino que se desahogaba.
Comenta que Dios llegó a tiempo a su vida, de lo contrario estaría hoy muerto. Conoció el amor de Dios y recibió la promesa que Él cambiaría su realidad. Supo que en el Reino de Dios no necesitaba pelear para ganarse su lugar.
El trato de Dios con él fue sanando progresivamente las heridas de su alma y hoy puede volver a los estadios a ver y disfrutar los partidos. La realidad que se esconde en el corazón y en el alma de todo integrante de una barra brava es bien distinta a la que ellos intentan proyectar.
Conocí a otro integrante de estas hinchadas violentas; era un hombre de físico grande, que se mostraba envalentonado y sin temor a nada. Lideraba a distintos grupos de chicos que lo seguían y él les ofrecía su protección. Se sentía su benefactor. Perpetraron hechos de extrema violencia. Él se sentía fuerte y admirado. Otros tenían que venir a negociar con él. Refiere que ingresó a la barra brava para alimentar su ego.
Pero en realidad el empoderamiento era una sensación pasajera derivada del consumo de drogas y ese consumo comenzó a generarle problemas en el hogar y distanciamiento de sus hijas, hasta que su familia le pidió que se retirara de la casa y allí él se quebró.
Sin lugar adónde ir, recurrió a uno de los hogares de acogida de una iglesia cristiana, donde lo guiaron a encontrarse con Dios. Sin la barra de seguidores y sin drogas en su organismo, ese hombre de físico grande era en realidad un individuo inseguro, con muy baja autoestima, con escaso control de sus impulsos, dependiente emocional, que no sabía estar solo, con mucha tristeza proveniente de su infancia vivida con un padre presente-ausente y violento.
Hoy está recorriendo el camino de conocer a Dios y adquiriendo una identidad nueva en Cristo como hijo amado en la familia de la fe; tratando de experimentar la paternidad de Dios.
Una lógica nueva
Dios ha comenzado a cambiar la lógica de su pensamiento y a transformar su entendimiento. Lo que antes consideraba una ganancia ya no lo considera tal y una derrota futbolística dejó de ser catastrófica para él. Aprendió que la valentía y el coraje no se demuestran a través de la ira destructiva y la violencia, sino como lo expresa el texto bíblico: “Es más valiente el que se enseñorea de su espíritu que el que conquista una ciudad.” (Proverbios 16: 32)
Sabe que ya no debe jactarse de un prestigio construido imponiéndose sobre sus rivales de la hinchada contraria, pues Dios dice: “Pero los que desean jactarse, que lo hagan solamente en esto: en conocerme verdaderamente y entender que yo soy el Señor quien demuestra amor inagotable y trae justicia y rectitud a la tierra, y que me deleito en estas cosas.” (Jeremías 9: 23 – 26)
Él sigue manteniendo un sesgo de líder por lo cual otros chicos se acercan ahora a él para pedirle consejos. Además, está aprendiendo a manejar las frustraciones y aceptar las pérdidas como parte su crecimiento personal. Como dice la Biblia: “En el día del bien goza del bien, y en el día de la adversidad considera (aprende). Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él.” (Eclesiastés 7: 14)
Y ante todo, trabaja en perdonar a quienes le han herido, para también obtener el perdón divino para su vida. “Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre perdonará a ustedes las suyas.” (Mateo 6: 14 – 15)

