Por: Ps. Graciela Gares*
Parte 1:
Parte 2:
Parte 3:
Cada 17 de julio vivimos en Uruguay la jornada de concientización respeto al suicidio, una realidad dolorosa que nos asedia, cuyas cifras no han disminuido en los últimos 20 años. En el 2020 lamentablemente alcanzamos una tasa de suicidio de 20 personas cada 100.000 habitantes, lo que nos sitúa por encima de otras culturas y países (Argentina, Chile, Estados Unidos, Canadá), siendo una de las más elevadas de América, junto a Cuba. Vale preguntarnos: ¿qué estamos haciendo mal como sociedad?
Mientras preparábamos este tema se produjo el suicidio de un futbolista uruguayo, a pocos meses de otro hecho similar que involucró a otro jugador. Algunos medios de prensa deportivos informaron que tras estas muertes unos 20 futbolistas habrían solicitado asistencia por depresión en los Programas de Prevención. El tema encendió alarmas en Uruguay y también en la región (Brasil) generando mucha preocupación, a la vez que dejó al descubierto una realidad oculta en esa esfera. ¿Cuáles son los factores propios de ese ambiente o de la condición de futbolista que ayudarían a entender esta situación fatal?
En ocasiones suelen quedar en la condición de libres, sin equipo donde jugar, y sin ingresos para sustentarse, y ello los deprime. Otros debieron abandonar la práctica activa del deporte que les apasionaba, por sufrir ataques de pánico e ideas suicidas. Se han abierto a contar que ellos cargan presiones diversas, como el temor a no rendir en la cancha, fallarle a su equipo y decepcionar la alegría de sus familias con su práctica deportiva. A su vez, asumen la responsabilidad de mejorar económicamente a sus padres ya ancianos, consiguiendo un buen contrato en el extranjero, para poder decirles a sus progenitores que ya no trabajen más.
A menudo tales sueños se frustran y caen en depresión, llegando a creer que la vida para ellos ya no tiene sentido. A quien lo padece le resulta difícil hablar de lo que está sintiendo. Su familia, compañeros de equipo y amigos no lo notan hasta que ocurre la auto- eliminación. Y este drama afecta a un sector de la población, en general, menor de los 35 años. La Universidad de la República de nuestro país (UDELAR) emitió recientemente un documento de autocrítica social, el cual nos pareció muy interesante para pensar en torno al tema. De los 718 uruguayos (promedio diario de 2 personas) que pusieron fin a sus vidas durante el 2020, el 80 % eran varones y el 20 % mujeres. Este drama se incrementó en hombres de 35 a 50 años y entre jóvenes de 19 a 24 años. La incidencia se verificó con más agudeza en el interior rural del país.
Contrariamente a lo esperable, la época del año más crítica no es la estación invernal (asociable a la reducción de las horas de luz solar) sino el mes de diciembre, con toda la movilización emocional vinculada a las celebraciones de fin de año. Siguiendo un análisis estadístico y superficial del tema, observamos que los suicidios en Uruguay superan a los homicidios y a los accidentes de tránsito fatales. Pensando en nuestro historial político, pensamos que si se registraran 2 homicidios diarios, es decir, 14 ajusticiamientos semanales, darían pie a interpelar al ministro del Interior de turno y quizá hasta provocar que abandone su cargo. Sin embargo, muy pocas estructuras sociales se movilizan en nuestro medio ante igual número de auto-eliminaciones. Es un tema duro, acerca del cual preferimos no hablar pues nos resulta difícil hallar respuestas.
Esta realidad interpela a la sociedad en su conjunto y en particular a las familias, como núcleo básico de convivencia. El sociólogo P. Hein expresó en el documento de la UDELAR que “la mayoría de los suicidios tiene su base en un conflicto mal resuelto, que se va acumulando con otros problemas de la vida diaria.”
La auto-eliminación es un evento dramático, muy fuerte, que genera secuelas en toda la sociedad, shockeando no sólo a los familiares, sino también a amigos, compañeros de trabajo, de club, del sindicato y vecinos cercanos al suicida. Como expresáramos, se verifica particularmente en los dos extremos de la vida: adolescencia y vejez. Por lo amplio y complejo del tema, en este artículo fijaremos la atención sobre el suicidio en adolescentes y jóvenes.
Concordamos con el sociólogo Hein que “la sociedad tiene una responsabilidad mayor en estos casos, porque no se le da al joven una segunda oportunidad de pensarse en la vida, lo expulsamos de la vida rápidamente». ¿Por qué un adolescente puede llegar a sentirse no contenido y desmotivado para vivir?
La adolescencia, como tránsito desde la infancia a la adultez es un período tormentoso para la mayoría de los jovencitos, para lo cual requieren variados apoyos: fuertes lazos de amor incondicional familiar, un hogar armonioso, estímulos y reconocimientos, límites, acompañamiento en sus proyectos, ayuda para sortear las frustraciones y un motivo trascendente para vivir. Desde su perspectiva, Hein señaló algunas posibles condicionantes actuales de esta “pandemia” silenciosa y fatal. Hoy faltan referentes que den cohesión al individuo: la familia en sentido amplio, clubes deportivos, sindicatos como ámbitos de contención, que generen “vínculos en términos afectivos, culturales y emocionales, protecciones y reconocimiento”.
Muchos jóvenes hoy día escapan de hogares disfuncionales y se refugian en los “amigos” del barrio que padecen la misma falta de contención que ellos. Se quejan de soledad pues les falta alguna de las figuras parentales y la restante debe trabajar muchas horas para sustento del hogar. Para Hein, la sociedad nuestra segrega (deja fuera) a los individuos más vulnerables, no aportándoles seguridades “en términos de dominio social y cultural». No son pocos los jóvenes que sienten que son un cero a la izquierda en una sociedad que no comprenden, ni pueden incidir para cambiar. El poder político y social sigue estando en manos de los adultos. La voz del joven no es escuchada siquiera para la elaboración de los planes de estudio de liceos y universidades.
Este sociólogo denuncia también la gran psiquiatrización de la sociedad uruguaya, donde “todos los procesos de ruptura o desajuste son derivados a consulta psiquiátrica o psicológica”. Al respecto señala a Uruguay como uno de los países de la región con alta dependencia respecto a los psico-fármacos. Muchas de las perturbaciones emocionales de los jóvenes (exceptuando las patologías de base orgánica como la esquizofrenia, demencias, etc.) requerirían como primera medida un espacio de contención para el diálogo, la escucha y el acompañamiento, en un ambiente de aceptación y amor incondicional. El dolor por un abandono, divorcio parental o la ruptura de un vínculo de pareja no se resuelven con pastillas.
Los fármacos sí constituyen recurso obligado cuando la vida del joven corra peligro. Otra observación interesante aportada por el documento que nos sirve de referencia en esta ocasión es la siguiente: «En la escuela, el liceo, los colegios o la facultad nos enseñan a ser exitosos, pero en la vida hay más fracasos que éxitos y también está bueno tener fracasos, superarlos y saber que uno se recompone», expresó Hein. En el contexto familiar es preciso educar a los hijos para que sepan cómo lidiar con las emociones negativas como la frustración, el fracaso, el abandono, las pérdidas, el enojo, etc. Luego, los centros educativos deberían consolidar esa maduración en el manejo emocional.
Cuando vemos a un chico desmoronarse anímicamente ante la pérdida de un examen o a una chica que intenta cortarse las venas por un desengaño amoroso, advertimos ¡cuán escasos recursos poseen para enfrentar la adversidad y qué poca estima y aprecio sienten hacia sí mismos! Hein postula la necesidad de que exista un curriculum académico que incluya el aspecto emocional. El texto bíblico nos presenta un panorama que muestra claramente como el suicidio suele asomar en la peripecia humana de aquellos que no desarrollan un vínculo de cercanía y comunión con su Creador. Saúl y su escudero, Judas, Ahitofel, Zimri son algunos ejemplos de ello.
En tanto tenemos ejemplos de personas de fe, que servían a Dios y no obstante se deprimieron temporalmente, pero no atentaron contra sus vidas. Quizá el más recordado sea el profeta Elías, cuando luego de desenmascarar a los falsos profetas y glorificar el nombre de su Dios frente a su pueblo, recibió una amenaza de muerte, se asustó, huyó y se refugió en el desierto. «¡Estoy harto, Señor! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados». (1Reyes 19: 4 – 5) Se sentía solo, abrumado por las circunstancias y había perdido la visión, pero en reconocimiento a la autoridad de Dios sobre su vida no se atrevió a atentar contra sí mismo. Y finalmente fue restaurado por su Dios.
El otro caso emblemático fue Job en su lucha contra múltiples adversidades. “Job rompió el silencio para maldecir el día en que había nacido. Dijo así: «Que perezca el día en que fui concebido y la noche en que se anunció: “¡Ha nacido un niño!”… ¿Por qué no perecí al momento de nacer?….. No encuentro paz ni sosiego; no hallo reposo, sino solo agitación». (Job 3: 1 – 3, 11, 26) De nuevo hallamos aquí la percepción de la muerte como escape pero el sufriente no se atreve a poner fin a su vida pues sabe que esa prerrogativa le pertenece al Dador de la vida (Job 1:21).
En ambos casos, estas personas fueron salvadas por su fe, dado que encontraron en Dios el interlocutor válido ante quien derramar su corazón angustiado, creyendo que serían escuchados y en ambos casos así ocurrió. La prueba difícil no les fue retirada de inmediato, pero lograron atravesarla preservando sus vidas. Por esto concluimos que una amistad cercana y real con Dios preserva del suicidio.
Si estimulamos a nuestros jóvenes a desarrollar cercanía con Dios, reconciliándose con Él, seguro quedarán a resguardo del suicidio, sabiendo que tienen con quien conversar de su tristeza y creerán que hay esperanza hacia adelante, aunque el hoy les parezca oscuro y sin salida.
*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

