Por: Ps. Graciela Gares
Parte 1:
Parte 2:
Solemos pensar que una de las varias facetas en las que reflejamos la imagen de Dios es que sentimos emociones, así como Dios también las siente y expresa. Alegrarnos, gozarnos, entristecernos o enojarnos, son expresiones que están en Él y también en nosotros. Sólo que en Él se expresan en el contexto de su justicia perfecta y su santidad, pero en nosotros a menudo se contaminan con nuestra pecaminosidad. Las emociones pueden definirse como reacciones fisiológicas que ocurren de manera espontánea y automática en distintos momentos de nuestra vida.
En dependencias de nuestro Parlamento descansa desde el año 2021 un Proyecto de Ley de Educación Emocional, propuesto por una maestra uruguaya radicada en el extranjero – Albana Sanz -, orientado a desarrollar en los educandos la conciencia de su mundo emocional y la habilidad para manejarlo. Es decir, cómo desarrollar
competencias de inteligencia emocional, que les orienten para una vida personal, familiar y social de mejor convivencia, sin manifestaciones de violencia extrema contra sí mismos, ni contra otros. Pero por ahora, esa iniciativa no ha tenido andamiento en el ámbito parlamentario.
Primeramente, la educación emocional debería recibirse en el hogar, por parte de los padres que acompañan a diario la vida del niño/a y pueden enseñarle a reconocer, interpretar y expresar adecuadamente lo que va sintiendo.
De hecho, la intervención de los padres ante los primeros berrinches de un bebé es una clase de educación emocional, que resultará eficaz si comienzan a ayudarle a poner en palabras lo que le molesta o necesita, y a pedir ayuda. Cuando la familia falla en dar esa instrucción básica, -por ejemplo, madres que no saben resolver el berrinche de un menor y ceden ante lo que la criatura pide-, surgen niños y adolescentes con escaso auto-control y mala regulación emocional. Con conductas desadaptadas, agresivas y/o destructivas. O adolescentes que se auto-agreden provocándose cortes o golpeándose la cabeza, chicas que se arrancan mechones del cabello cuando están frustradas, o la recurrencia al consumo de sustancias para anestesiar sus emociones dolorosas o perturbadoras. Más tarde lo veremos en adultos que se desbordan violentamente en conflictos de pareja, o en la convivencia en una asamblea de vecinos, en el tránsito, o en deportes populares como el futbol o el básquet.
Las emociones se deben educar y la Biblia abunda en consejos al respecto en cuanto a qué hacer con la ira, la envidia, la tristeza o la gratitud.
“Deja la ira y desecha el enojo, pues ello sólo conduce a hacer lo malo”, expresa el
Salmo 37.
“Pues si ustedes lo hacen todo por envidia o por celos, vivirán tristes y amargados”,
afirmaba Santiago 3: 14 – 17.
“Si alguno está triste, ore”, recomendaba Santiago 5: 13
“Sean agradecidos en toda circunstancia” expresaba Pablo en 1 Tesalonicenses 5: 18
Pero un nuevo actor ha entrado en escena en esta era digital: la tecnología y la mal llamada “inteligencia artificial”, y pretenden hacer por nosotros la tarea. Han creado los emoticones o emojis: caritas con distintas expresiones de sentires humanos, apelando al uso de los cuales, ya no es necesario poner en palabras lo que sentimos.
Sí, en la era digital las emociones se expresan con caritas o corazones. La pregunta es si ello es suficiente para reemplazar frases como “te amo”, “¿me perdonas?” o “lo siento, me equivoqué”.
Nos parece que el uso habitual de emoticones puede resultar una simplificación inaceptable de emociones humanas profundas que deberíamos manifestar cara a cara y en palabras. No deberíamos “delegar” en esos objetos una expresión tan rica como son las emociones. Y dado que lo que no se expresa, se lleva a la acción (se actúa), la violencia física, verbal o las anestesias químicas (drogas ilegales o medicamentos legales) siguen estando a la orden del día, pues no hemos aprendido a gestionar adecuadamente nuestros estados de ánimo.
Analistas opinan que en la era digital los dispositivos se han adueñado de nuestras emociones. Para algunos, el móvil opera como una extensión de su propio cuerpo, ya que a través de él vehiculiza lo que siente. El uso de este aparato le proporciona diversas gratificaciones afectivas, y a menudo le ayuda a mantener el equilibrio emocional frente al estrés de la vida diaria. Un “precario” equilibrio podríamos decir, ya que como contracara, se nos informa que el uso de la tecnología por parte de los adolescentes durante más de 1 o 2 horas diarias puede provocarles depresión, soledad y ansiedad.
Mientras tanto, nos mantenemos ignorantes en cómo gestionar las emociones y ello no sólo afecta el modo de relacionarnos con otros, sino también nuestra propia salud mental. Veamos aquí algunas pautas para regular el mundo emocional:
1) Aceptar que somos seres emocionales y tratar de darnos cuenta qué estamos sintiendo. No basta con decir si nos sentimos mal o nos sentimos bien. Tratemos de identificar y darle nombre a la emoción que estamos experimentando en cada momento. ¿Miedo, alegría, tristeza, ansiedad, rechazo, sorpresa, vergüenza, compasión, gratitud?
2) Decidamos cómo canalizarla o expresarla y cuándo será oportuno hacerlo. Las emociones existen para expresarse. No obstante, algunas son destructivas y convendrá renunciar a descargarlas directamente. Si estás airado con alguien que te dañó, en lugar de descargar tu ira sobre él o ella, puedes establecer un límite, alejar a esa persona de tu vida si corresponde o expresarle tu desagrado. Así redirigimos la energía de un enojo. También se libera la energía escribiendo en un papel lo que estamos sintiendo. Si experimentas una emoción positiva puedes decidir cómo y con quien lo celebrarás.
3) Decidamos no dejarnos dominar por ninguna emoción. “Todas las cosas me son lícitas, pero no me dejaré dominar por ninguna” decía Pablo en la antigüedad. (1 Corintios 6: 12). Cuando sentimos miedo es un aviso de que podemos estar en peligro y debemos resguardarnos. Pero ello no supone quedarnos paralizados, sino tomar las medidas del caso.
4) Compartamos lo que sentimos, hablándolo cara a cara, con gente de nuestra confianza. Ellos necesitan escucharlo y no sólo verlo representado en un frío emoji de uso universal. En el desafío de tomar nota de las emociones que experimentamos, algunas personas pueden hallar dificultades, pues aprendieron a reprimir lo que sienten y a desconectarse de sus propias emociones y tampoco saben interpretar las ajenas. Padecen alexitimia, una psicopatología emocional. Dichas personas nos parecerán asimilables a un bloque de hielo, sin conciencia de sus sentires internos. No podrán desarrollar empatía ni comunicarse bien con los demás. Requieren ayuda terapéutica.
El uso de emoticones o emojis no contribuye en lo más mínimo a desarrollar en nosotros inteligencia emocional, ni las habilidades sociales necesarias, por ejemplo, para presentarnos a una entrevista de trabajo o iniciar una relación. La palabra, en cambio, es útil para dar una imagen de la persona que somos y construir vínculos interpersonales duraderos y constructivos. La palabra consuela, anima y edifica y es un privilegio que el Creador concedió sólo a los seres humanos que portamos Su imagen.
No habrá invento tecnológico que supere a la palabra hablada o escrita. La comunicación virtual no puede competir con ella y menos aún cuando se reduce a un objeto, un emoji. La Biblia nos cuenta que Dios siempre se expresó a sí mismo a través de todo lo creado. También a través de la palabra hablada a sus siervos, los profetas, pero finalmente, envió a su Hijo en persona:
“Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo”. (Hebreos 1)
Ps. Graciela Gares: Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

