Por: Ps. Graciela Gares*
Parte 1:
Parte 2:
Parte3:
De todos los seres vivos que existen sobre el planeta, el humano es el único ser religioso. Plantas y animales no están dotados de un espíritu que los trascienda y les impulse a buscar la conexión con la deidad. ¿En qué creemos los hombres y mujeres del siglo XXI?
Uruguay es conocido como un país secular, con el mayor número de personas no religiosas en América Latina. ¿Pero realmente somos un país no religioso? En una época en la que se han vaciado un poco las iglesias y se ha vuelto a entronizar la razón, de la mano del pensamiento científico y la tecnología, muchos se ufanan de declararse agnósticos o escépticos y no se reconocen como seres creados, necesitados de re-conectarse con la divinidad.
No obstante, en momentos críticos se activa cierta forma de espiritualidad, a veces “laica” que no deja de asombrar. Ante una enfermedad propia con riesgo de vida o de un ser querido, se generan cadenas de oración por whatsapp, se encienden velas invocando a santos o se intenta trasmitir “buena vibra” a través de pensar positivamente para la sanación.
Pero esta espiritualidad que se expresa es confusa, tiene elementos extra-bíblicos y se presenta contaminada con ideas filosóficas o los dogmas del momento: “new age” o nueva era, metafísica, pensamiento oriental, masonería, cienciología, etc. Estas nuevas formas de religiosidad que han invadido el escenario del espíritu humano en este siglo XXI merecen nuestra atención y discernimiento, ya que no todo lo que se llame religioso nos acerca al Dios que se reveló en Jesucristo.
En cuanto a la razón de la aparición de estos movimientos, algunas conclusiones primarias que podemos elaborar son las siguientes:
- El ser humano es consciente de su finitud, de su precariedad y de que no se basta a sí mismo.
- Además, como ser espiritual que fue creado, intuye que ha de existir algo trascendente más allá de él y en momentos límites necesita apelar a ello.
Si bien Dios nos formó del polvo de la tierra, para darnos vida sopló en la nariz del primer hombre creado su aliento divino. Ese aliento nos hace anhelar reconectarnos con Él. También nos permite vislumbrar la mano de Dios en todo lo creado. Pablo lo explicaba así a los seguidores de Jesús que vivían en Roma:
“lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal… (Romanos 1: 19 – 23)
Todo hombre tiene conciencia de su vulnerabilidad. Por tanto, si renuncia a admitir la existencia de un ser supremo, necesitará diseñarse algún otro dios, un dios con minúscula por supuesto. Por ello quizá estemos asistiendo a este emerger de tantos movimientos filosóficos, seudo-religiosos, religiones laicas o sectas, en suma, nuevas espiritualidades.
¿Qué toman y que desechan de la religión verdadera las nuevas espiritualidades?
Varias de las nuevas formas de devoción espiritual son portadoras de un conjunto de creencias filosóficas y normas éticas de conducta, pero no rinden culto a ninguna divinidad; lo dejan librado a la elección del individuo. Reconocen la importancia de tener un “principio rector” para la vida, que les aporte valor y sentido a la existencia. De alguna manera, admiten que todo ser humano necesita una guía para vivir.
El común denominador de casi todos los adherentes a estos movimientos es la aspiración de sentirse buenos, de ser considerados buenas personas, y para ello enfatizan el hacer “buenas obras”. En esas seudo-religiones importan los méritos humanos y eso les impulsa a realizar acciones altruistas, que por lo general acaban alimentando su ego.
A vía de ejemplo, miremos como lo expresa la masonería: “una institución iniciática, universal, humanista y cultural, que basada en los principios de amor a la Humanidad y a la verdad, trabaja para el progreso moral y material de los seres humanos, a los que aspira a hermanar por el vínculo de la solidaridad.”
Comparemos con el concepto bíblico de la religión: “La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es ésta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y no mancharse con la maldad del mundo” (Santiago 1: 27).
Llama la atención que varias de las religiones laicas omiten hablar a sus adherentes del pecado, es decir haber transgredido leyes divinas, la culpabilidad y el juicio venidero. Si lo hicieran, ahuyentarían a los seguidores.
El pasado siglo XX trajo un brote de espiritualidades que se manifiestan al margen de la religión bíblica, bajo el paraguas de la New age o nueva era, una espiritualidad narcisista, que enfatiza el cuidarnos y auto-realizarnos, como respuesta a la vida estresada y agitada que llevamos. Floreció asimismo, un humanismo laico de gente que se alejó de las iglesias, pero procuró conservar y consagrar parte de su tiempo de vida a ciertos valores que les dignifiquen como personas, como luchar por la paz, la justicia y la solidaridad.
¡Hasta en el pueblo terrenal de Dios, Israel, la religión laica ha hecho mella y tiene su lugar! En la nación israelita, cuna de la Torá, convive hoy un porcentaje alto de judíos no creyentes en Dios, pero asimismo, practicantes del judaísmo y todas sus celebraciones (shabbat, fiestas sagradas, ayudas al necesitado). Muchos se definen como simplemente “sionistas”. Se quedaron con las formas y vaciaron de contenido y esencia a la verdadera religión judía.
Por su parte, los cultores del budismo (religión con el mayor número de seguidores en el mundo), también participan de una religión sin dios, a través de la cual buscan la “iluminación” como aspiración de vida. Ellos desconocen o ignoran voluntariamente que para iluminar nuestro andar por esta vida y traer luz a nuestro espíritu, el Creador del universo nos envió a su Hijo, quien declaró (con el respaldo divino) ser la “Luz del mundo”, agregando que quien lo siga no andará más en tinieblas (Juan 8:12).
¿Qué necesidades del hombre postmoderno pretenden satisfacer estas nuevas formas de espiritualidad?
Tenemos una dimensión espiritual que nos impulsa a la búsqueda del sentido y de valores, de absolutos que guíen nuestras vidas, aunque optemos por negar la existencia de un Ser Superior y nos neguemos a rendir nuestras vidas a su control. Como lo expresara el Dr.Paul Vitz –profesor emérito en psicología de la Universidad en Nueva York, en su libro “La fe de los huérfanos de padre: psicología del ateísmo” (publicado en inglés, 1999), todo ser humano cree en la necesidad de que exista un orden o principio rector para la existencia humana sobre la tierra.
A su vez, todo hombre a medida que crece en edad biológica sufre de un gran vacío que requiere ser llenado con algún principio de orden y abocará la vida a buscarlo. Los deseos de hallar principios rectores para la vida, luz para el camino y oportunidades para hacer el bien y sentirnos buenos son absolutamente legítimos en el ser humano y parecerían bien inspirados.
Pero su búsqueda fuera del Dios Creador del Universo y dador de la vida, se constituye en rebelión pues las pautas para reconciliarnos con Él y hallar paz, perdón, sabiduría y propósito para la existencia sobre la tierra, las fija el mismo Creador a quien todos hemos ofendido. Religión proviene de re-ligar, es decir, restablecer la conexión. Pero el camino para ello es el que Dios ya prescribió: No hay otro mediador entre Dios y el hombre: solo Jesucristo, quien dio su vida para volver a tender el puente con la divinidad. (1 Timoteo 2:5)
El espejismo de las religiones sin dios consiste en alimentar el ego, a la par de hacer errar el camino y el destino de quienes las profesan. Son cantos de sirenas que seducen, pero acaban extraviando a los navegantes que se desvían para oírlos. Dios conoce y entiende profundamente todas nuestras necesidades y con cada uno de sus mandamientos y ordenanzas pretendió satisfacerlas. Los preceptos divinos no son meras prohibiciones sino oportunidades para auto-realizarnos y hallar paz y felicidad.
Nos invitan a amar a Dios y al prójimo pues Dios sabe que solo amando descubriremos el sentido de nuestra existencia. Nos proponen adorarle pues nuestra naturaleza profunda está diseñada para adorar y extasiarnos contemplando el bien y lo perfecto. Nos exhorta a no asesinar, ni adulterar, ni hablar mal del prójimo, ni codiciar pues todo ello nos envilece y nos hace la vida desdichada. Por tanto, son un reservorio de valores, esos valores que las nuevas formas de espiritualidad pretenden encarnar. ¿Pero quien podría cumplir esto a cabalidad y hallar la felicidad sin antes abrir su corazón para que Dios lo limpie y pase a habitar en él?
Ojalá que el Ser Supremo del Universo no tenga que decir de ninguno de nosotros lo que expresó de su pueblo Israel:
“Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:13).
*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

