Por: Ps. Graciela Gares
Parte 1:
Parte 2:
Solo conoce el valor de la libertad, quien la ha perdido. Pero quienes la disfrutan, pueden entregarla sin darse cuenta. La libertad del hombre tiene múltiples facetas: libertad de escoger, de pensar, de desplazarse adónde quiera, de expresarse y opinar, etc. Algunas libertades tienen que ver con el ámbito físico, otras con el mundo interior.
“Nuestra mayor libertad humana es que a pesar de nuestra situación física en la vida, siempre estamos libres de escoger nuestros pensamientos,” decía el psiquiatra vienés Viktor Frankl, hablando de la libertad interior.
Recientemente, los uruguayos volvimos a las urnas para dilucidar quién gobernará el país por los próximos 5 años. Para algunos quizá, ninguno de los dos elegibles encarnaba los principios de gobierno a los que uno aspiraría, pero había que elegir obligatoriamente, y valorar el hecho de tener la libertad de hacerlo. Estamos en democracia y somos individuos libres para elegir.
El libre albedrío
Está definido como la libertad y la facultad de elegir libre y voluntariamente, y la conducta humana es reflejo y consecuencia de esa voluntad. Otra definición sostiene que el libre albedrío o libre elección es la capacidad de los seres humanos de tomar decisiones autónomas, o sea, de elegir entre varias alternativas. Los filósofos entienden que el libre albedrío o voluntad libre es una cualidad que distingue a los miembros de la especie humana de los de otras especies (animales o vegetales). El humano tiene la facultad de actuar y juzgar de acuerdo a la propia razón y reflexión.
Otro enfoque sostiene que el libre albedrío es la condición del pensamiento en virtud de la cual cada individuo puede determinar con absoluta autonomía el propósito de sus acciones. No obstante, no falta quien alegue la existencia de un destino o “suerte” que limita la libertad de elegir de los individuos. Los cristianos no creemos precisamente en un destino o suerte, pero sí admitimos que la libertad dada por Dios al ser humano no es una libertad absoluta (suele tener algún tipo de restricción), pero es suficiente para que el hombre elija entre lo bueno y lo malo y así configure su destino. Somos libres para elegir, pero no podemos abstenernos de elegir.
Cuando el Señor escogió a Israel para que fuera su pueblo, le planteó lo siguiente: “En este día, te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre la prosperidad y la calamidad. Pues hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios y cumplas sus mandatos, decretos y ordenanzas andando en sus caminos. Si lo haces, vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá a ti y también a la tierra donde estás a punto de entrar y que vas a poseer. Sin embargo, si tu corazón se aparta y te niegas a escuchar, y si te dejas llevar a servir y rendir culto a otros dioses, entonces te advierto desde ya que sin duda serás destruido. No tendrás una buena y larga vida en la tierra que ocuparás al cruzar el Jordán. Hoy te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre bendiciones y maldiciones. ¡Ay, si eligieras la vida, para que tú y tus descendientes puedan vivir!” (Deuteronomio 30: 15 – 19)
Poder elegir: un preciado tesoro
Diversos países del mundo luchan por obtener la libertad de elegir quien los gobierne, acceder libremente a toda información o poder salir de su país si lo desean. Pero más de un tercio de la población mundial vive bajo algún régimen autoritario que les restringe las libertades individuales y civiles (libertades de expresión, de información, de circulación). Aún así, lo cierto es que el valioso tesoro del libre albedrío está amenazado para toda la población mundial. Hay nuevas formas de dominación que atentan contra el libre albedrío.
Veamos las amenazas: la saturación y tergiversación de informaciones, la manipulación digital de la mente o psiquis a través de las redes sociales, el gobierno tecnológico y el poder de la inteligencia artificial intentando suplantar el pensar humano, entre otras imposiciones. Es difícil conocer hoy cuál información es verdadera y cuál falsa, y esto restringe nuestro acceso a la verdad. La saturación de información, confunde a la hora de tomar decisiones.
Control y vigilancia
La voluntad humana está cada vez más sometida a influencias de difícil control. ¿Cómo librarnos de sus coacciones?
En internet, los algoritmos supervisan qué información nos llega y atentan contra nuestra libertad, sometiéndonos a la dictadura de las mayorías o de los likes. A través de la Big Data (un Big Brother o Gran Hermano amistoso) y diversos sistemas de control, nuestra privacidad ha sido violentada y somos espiados permanentemente. La Big Data son grandes volúmenes de información obtenidos por los “buscadores” y procesados a alta velocidad. Obtienen datos sobre nuestros gustos, intereses y preferencias, que son luego utilizados sin nuestro consentimiento.
Al ingresar a las redes somos motivados a postear libremente, a publicar, a dar me gusta, comentar y compartir. Se estimulan nuestras emociones para generarnos necesidades: de estar siempre conectados “para no perdernos nada”, de recibir likes de aprobación para sentirnos exitosos, éxito pre-determinado por los valores de la sociedad actual. Así consiguen que el humano se someta por sí mismo a sistemas de control sin que medie ningún mecanismo coercitivo de violencia. Se exacerban las emociones en lugar de la razón para influir en las acciones, generándonos infinitas ansias de comunicar y consumir. El algoritmo nos sugerirá qué video mirar cuando terminemos de ver el actual.
Uso de nuestro tiempo
Cuando entramos a las redes es muy probable que se nos vaya el tiempo viendo lo que no pensábamos ver, o que estemos conectados por más tiempo del debido. ¿Interfiere ello con el tiempo destinado a nuestros vínculos significativos, a nuestro descanso, estudio o a nuestra vida devocional con Dios? Definitivamente sí. Otros deciden sobre nuestro tiempo vital, haciéndonos cada vez menos libres de escoger y decidir. Es probable que la adicción más popular y compartida por todos hoy día sea la adicción al celular. ¿Por qué sentimos la necesidad de consultarlo a cada rato?
Ventilando lo privado
¿Todo se debe mostrar?
Eres esclavo de lo que dices y amo de lo que callas, dice un conocido proverbio. ¿Por qué hay gente que vive de contar en las redes su vida personal cotidiana hasta en los aspectos privados? ¿Por qué filmar y postear lo que hacemos a lo largo de la jornada? En la dictadura de la transparencia, según Byung Chul Han, el celular y las redes se vuelven nuestro “confesionario” donde exponemos la esfera privada de la vida. El mundo se ha convertido en “un mercado donde se exponen, venden y consumen intimidades”, dice el filósofo surcoreano. Una sociedad “porno”, donde el individuo se expone demasiado.
¿Cómo recuperar la libertad dada por el Creador? El apóstol Pablo contesta: “Ustedes saben muy bien que si se entregan como esclavos a un amo para obedecerlo, entonces son esclavos de ese amo…” (Romanos 6: 16)
“Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud”. (Gálatas 5: 1)
Es hora de poner en acción nuestro libre albedrío:
-Defendernos de la invasión de la tecnología y su dominio en todas las áreas de nuestra vida. Lo tecnológico es meramente una herramienta a ser controlada por nosotros. Opongámonos al “totalitarismo digital”.
-Decidir cuál es el tiempo necesario de uso diario del celular y ajustarnos a ello.
-Recuperar el valor de lo íntimo y personal y proponernos no ventilarlo en redes o espacios de internet accesibles a personas que no integran nuestro círculo de confianza.
Hagamos realidad la exhortación de Pablo a los de Corinto: «Todo me es lícito, pero no todo me conviene. Todo me es lícito, pero no todo edifica» (1 Corintios 10:23).
«Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna«. (1 Corintios 6: 12)
Ps. Graciela Gares: Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

