Por: Ps. Graciela Gares*
Parte 1:
Parte 2:
Parte 3:
El mundo del entretenimiento estrenó recientemente una serie que no cesa de generar comentarios, titulada “El juego del Calamar”. La primera temporada de la misma fue vista por más de 130 millones de personas en todo el mundo, generando ganancias que podrían rondar los 900 millones de dólares.
Se trata de una serie televisiva surcoreana, clasificada como de suspenso y drama de supervivencia, presentada en Netflix. Allí se relatan las peripecias de un grupo de más de 400 personas, apremiadas por necesidades económicas que las llevaron a endeudarse, y que en determinado momento son invitadas a participar de juegos que pueden aportarles mucho dinero.
Los juegos en apariencia son inocentes, infantiles, similares a los que todos jugamos en la infancia. Movimiento – reposo (correr apresuradamente mientras alguien cuenta de espaldas y quedar inmovilizado cuando éste se da vuelta), juego de bolitas (canicas), cinchar de una cuerda en equipo, etc.
Pero una vez que comienzan a participar de estas dinámicas descubren que se trata de una propuesta macabra, ya que cada juego tiene un final de muerte: el que pierde es eliminado, asesinado instantáneamente.
Ese es el primer shock que reciben los participantes, pero hay más. Los que entraron al juego por necesidad, ingresan a una dinámica de supervivencia en la cual se justifica matar al otro participante. La necesidad de alcanzar el dinero prometido al ganador, los vuelve despiadados y crueles. Se convierten en gente que apuesta su propia existencia en un juego de vida o muerte a cambio de dinero. Quizá el punto más tenebroso de la experiencia es la venta de órganos de los que han muerto.
Ninguno de los participantes pudo al inicio de la experiencia presagiar la masacre de la cual serían espectadores y aún, víctimas. Resulta difícil entender a priori el éxito que ha tenido esta producción televisiva y más aún, comprender la mente que ideó el guión de esta serie. Ésta última duda es aclarada en cierta medida cuando se explica que la serie representa una crítica a la desigualdad de la sociedad surcoreana actual, en particular, a su sistema económico poco equitativo, competitivo, donde conviven extrema pobreza y extrema riqueza, además de un frenesí por producir. También se testimonia la brecha de género, ya que el mayor protagonismo en la serie es asignado a varones.
La gente se endeuda para cubrir sus necesidades y luego cae en la desesperación. Esta condición en el film abarca a varones y a mujeres, de diferentes edades, desde jóvenes hasta un anciano. Para todas ellas, el dinero sería su “solución” y es el señuelo que les llevó a participar del desafío.
Otra lectura del Juego del Calamar sería denunciar cómo los ricos se aprovechan de los pobres indigentes y les impulsan a arriesgar la vida con la promesa de dinero que los sacaría de su difícil condición, dado que el juego habría sido ideado como entretenimiento por individuos de alto nivel económico.
Si la serie “El juego del calamar” pretende a través de la denuncia, cambiar algo en la sociedad surcoreana, es probable que no consigan mucho. Mientras Oriente (Corea del Sur y los demás países) no reconozcan a Dios, como deidad única, soberana, encarnada en Jesucristo y se sometan a sus mandamientos, su realidad probablemente empeorará.
Detrás de la crisis de la sociedad oriental surcoreana, pensamos que se oculta un profundo vacío de sana espiritualidad. Jesucristo advirtió a sus seguidores que “No solo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4: 3, 4).
Los preceptos divinos a nivel social promueven la igualdad de oportunidades: “…Dios no muestra favoritismo. En cada nación, él acepta a los que le temen y hacen lo correcto. Este es el mensaje de la Buena Noticia ….” (Hechos 10: 34 – 36)
El trabajo como fuente genuina de obtención de los recursos para vivir y también ayudar a otros: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma». “…les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que tranquilamente se pongan a trabajar para ganarse la vida”. (2 Tes. 3: 10, 12)
La solidaridad del que tiene con el que carece de bienes materiales: “Si alguien tiene suficiente dinero para vivir bien y ve a un hermano en necesidad pero no le muestra compasión, ¿cómo puede estar el amor de Dios en esa persona?” (1 juan 3:17)
Tales principios aplicados a cualquier comunidad sobre el planeta borraría desigualdades sociales e injusticias.
El éxito asombroso alcanzado por El juego del Calamar en el mundo occidental es difícil de explicar. Algunos de los internautas que la han visto y dejaron sus comentarios en las redes, se expresaron como sigue: “amé la serie a pesar de mucha sangre y muerte”, “macabro y genial a la vez”, “masacre”, “horror”, “rompió records”, “muy buenos actores”, “mueve las emociones” “espero que haya una segunda temporada, aunque lloré mucho”.
Tratándose de una producción originaria de un país no occidental, nos preguntamos ¿cuál es el encanto o la seducción que pueda generar en las mentes occidentales la realidad que la serie encarna? Lo esperable hubiera sido el rechazo de lo que allí se plantea.
Sin dudas, lo que proyecta la serie pone sobre la mesa muchos antivalores, como el individualismo, la desvalorización de la vida humana, el des-amor al prójimo, la no solidaridad, la pretensión de apelar a la suerte (y no al trabajo y el esfuerzo) para revertir una situación económica adversa. Pero esto parece no preocupar a los seguidores del drama.
Sin dejar de reconocer la muy buena actuación de sus protagonistas y la alta calidad de la producción, ¿cuál podría ser la motivación para reclamar otra temporada de esta serie, que sin dudas será tan sangrienta y violenta como la primera? ¿Cuál sería su encanto? ¿Cómo protegerán sus sensibilidades de la exposición al horror? ¿O será que lograron de algún modo anestesiar sus emociones?
Sería de esperar que Occidente, heredero de la influencia judeo-cristiana, rechazara ese tipo de propuestas que contrarían los valores fundacionales de nuestra cultura. O que por lo menos no se deleitara en ficciones como ésta.
¿Estaremos aceptando a partir de ahora la muerte y el dolor como espectáculo? Nos fascinará ver correr sangre, presenciar la crueldad en estado puro, percibir al otro como un ser descartable, reemplazable y un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos? ¿Acabaremos abrazando tales anti-valores?
La exposición a tanta violencia ¿sería capaz de inducir a los espectadores a generar actos violentos? Creemos que sí, pues sacude y destruye barreras en nuestra psiquis. Quizá no afecte de igual modo a todo el mundo, pero encontrará mentes frágiles que caigan ante la seducción de la violencia. Como lo expresara una publicación argentina, es difícil quedar indemne ante un espectáculo macabro.
La serie el Juego del Calamar está desaconsejada para menores de 16 años, pero bien sabemos que nadie puede impedir a un menor “nativo digital” llegar a verla en internet. Y si bien podría decirse que la serie no promueve la violencia ni la crueldad, por lo menos la amplifica y des-dramatiza. Y esos son pasos previos a reproducirla, si las circunstancias lo habilitan.
Algunos críticos elevaron voces de alarma ante la insensibilización frente al dolor y la posible naturalización de la muerte violenta que esta producción televisiva surcoreana pueda promover. Existe el riesgo de embrutecer la sensibilidad humana, lo cual retrotrae la memoria al horror de otros espectáculos de esta naturaleza, como los juegos de gladiadores en el circo romano.
¿Estamos conscientes de cómo los entretenimientos son capaces de impactar sobre nuestros valores y modificar nuestras sensibilidades y nuestras conciencias? El arte, como toda expresión humana puede construir o destruir, según los factores ideológicos que lo impregnen.
Si aceptáramos que esta producción televisiva encarna una denuncia desesperada de una realidad cruel en la sociedad surcoreana, nosotros los occidentales, portadores de la fe judeo-cristiana debemos devolverles como mensaje, que el Dios nuestro, el Eterno, puede trasformar de raíz esa cultura oriental, trayendo paz, justicia, solidaridad y progreso personal, familiar y social.
Él solo demanda que se humillen ante Él y permitan que Él les gobierne. El mismo mensaje que hizo llegar a su pueblo terrenal, Israel, se aplica a todos los pueblos de la tierra, pues nuestro Dios no hace acepción de personas, según enseñó el apóstol Pedro: “para Dios no hay favoritismos, sino que en toda nación Él ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia”. (Hechos 10: 34 – 35)
Y como le explicó Dios al antiguo rey Salomón: “ y si mi puebla se humilla, ora, me busca y deja su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y devolveré la prosperidad a su país” (2 Crónicas 7:14)
*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

