Por: Ps. Graciela Gares
Parte 1:
Parte 2:
El uruguayo Fernando Montero de 39 años de edad, ha sido protagonista de un hecho humano de una riqueza fuera de lo común y un video suyo que relata su experiencia recorre hoy el mundo. Lo tituló “Cómo le salvé la vida a la persona que arruinó mi niñez”.
Fernando fue diagnosticado a los 12 años con Síndrome de Tourette, un trastorno que se manifiesta con tics nerviosos, movimientos involuntarios, emisión de chillidos y a veces coprolalia, es decir, compulsión a decir palabras ofensivas o fuera de contexto. Por esta causa sufrió “bullying” de una forma muy perversa, por parte de un compañero de clase en la etapa escolar.
El acoso recibido duró varios años y consistió en burlas, golpes, sustracción de objetos personales valiosos, intento de asfixia hasta dejarle inconsciente y atemorizarle mintiéndole que su madre tenía cáncer e iba a morir.
Algunas secuelas de ello fueron el empeoramiento del síndrome de Tourette por stress y el desarrollo de una autoestima muy baja. Felizmente, Fernando contaba con una muy buena contención familiar; no obstante ello, alguna vez pensó en quitarse la vida y también llegó a desearle la muerte al hostigador.
Los referentes adultos en la escuela lo tomaron como “cosa de niños” y no actuaron de modo eficaz para detener el acoso. Para Fernando, lo vivido le “arruinó” la niñez. Sin embargo, logró continuar el ciclo educativo y llegó a titularse como Médico deportólogo. También, se convirtió en piloto de autos y aprendió artes marciales para saber defenderse. Pensaba que si hubiera sabido cómo hacerlo en la infancia, podría haber enfrentado mejor el bullying.
Hasta allí su historia puede catalogarse como un testimonio de resiliencia frente a la adversidad, a partir quizá de un carácter tenaz y por contar con un soporte afectivo familiar eficaz. Pero lo más asombroso vino después. Ya en la adultez, sorpresivamente Fernando se reencontró con su hostigador, en ocasión del casamiento de un amigo común de la infancia. Al verlo, su ex acosador escolar lo saludó “muy suelto de cuerpo”. Allí Fernando comprendió que la agresión que le había propinado, era un hecho irrelevante y olvidado para el agresor, en tanto que a él le había marcado muy negativamente la existencia. En medio de aquella celebración, el acosador se descompuso gravemente debido a la ingesta de drogas y consumo excesivo de alcohol. Su estado devino tan crítico que requería que se le realizara una intubación.
Al llegar la asistencia médica al lugar, la doctora actuante era una pediatra y manifestó que no sabía intubar por no haberlo hecho nunca.
En la carrera de Medicina, Fernando había aprendido – a regañadientes y contra su voluntad -, a intubar pacientes, así que ante la emergencia de salud de su antiguo hostigador se le pidió que actuara. Así lo hizo, y ello permitió que el paciente llegara con vida al hospital. Cuando se recuperó, el individuo buscó a Fernando para agradecerle por haber salvado su vida. Fernando aprovechó la ocasión para hablarle de lo que había sufrido en su infancia a causa de su acoso, ante lo cual el acosador le pidió perdón.
Fernando supo a través de otras personas los detalles de la vida de su agresor, la cual no había sido nada fácil. Había crecido en un hogar sin contención familiar viviendo una vida muy dura, lo que le llenó de odio. En la infancia, fuera de su casa se mostraba fuerte, pero estaba muy angustiado interiormente y había encontrado en su compañero de escuela (Fernando) a un ser vulnerable sobre el cual podía descargar la frustración.
De adulto, arruinó su existencia con alcohol y otras drogas, sin poder salir adelante. “El acosador me sirvió para desarrollar resiliencia”, afirma hoy Fernando. Reconoce que lo sufrido lo volvió sensible al dolor ajeno, por lo que hoy también se ocupa de apoyar obras como Teletón y otras. Su historia conlleva mucho dolor y humillación pero tuvo un final feliz, inesperado e impredecible humanamente hablando, que a todo el que la escucha le lleva a pensar en un Ser superior que impartió justicia.
Fernando lo expresó así en una de sus entrevistas: “Dios no juega a los dados y todo pasa por algo”. Para quienes conocemos en alguna medida al Creador, este relato nos reafirma la convicción de que “el cielo gobierna sobre los actos de los hombres”, como lo expresa el libro de Daniel (4:26). Nos viene también a la memoria la frase bíblica de Proverbios 25: 21 – 22: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta y el Señor te lo recompensará.”
Es poco infrecuente que veamos el final del proceso a través del cual Dios imparte su justicia perfecta en los conflictos en las relaciones humanas. Muchas veces debemos aguardar mucho tiempo antes que la justicia de Dios salga a luz y a menudo nos sorprende el giro que Él da a las cosas. En este caso de bullying el cierre fue perfecto, pero no a través de la venganza o el castigo sino de la misericordia que humilló al agresor y le impulsó a tener que pedir perdón.
El acosador –antes empoderado-, devino en un ser débil y necesitado. Y la víctima -incapaz de defenderse en la infancia- pasó al rol de salvador, usado por la Providencia divina para librar de la muerte la vida de su enemigo. El hecho de que la exvíctima no tomara venganza al ver en desgracia a quien le arruinó la etapa escolar, nos remite a pensar que el Dios que Fernando menciona intervino en la resolución del episodio de bullying.
La maldad ejercida antaño ya había sido olvidada por el agresor, pero no por la víctima, ni por
el Creador de la raza humana. Y la inapelable justicia divina brilló mostrando que “sus pensamientos no son nuestros pensamientos” ni sus caminos se igualan a los nuestros a la hora de defender al débil. (Isaías 55: 8 -9) Creemos que este desenlace dejó en claro que “hay Dios que gobierna sobre las acciones de los hombres” y a Su tiempo -no en el nuestro- hace justicia de modo irrefutable. No alentamos a tolerar el bullying como una forma de volvernos resilientes. Toda violencia debe ser denunciada para evitar casos como el reciente, de un adolescente de 12 años en Utah (EE.UU) que sucumbió ante el bullying, suicidándose en febrero pasado. La violencia entre niños no es un hecho menor. Debe ser interrumpida y aún castigada si corresponde y esta responsabilidad compete a los mayores, ya sean padres, educadores, directores de centros educativos o cualquier adulto que esté en conocimiento del hecho. Conocida la historia vital del agresor, Fernando recomienda no solo atender a la víctima de bullying sino también al victimario, quien sin dudas es un ser sufriente y ello le impulsa a agredir.
Hay esperanza para cada uno de nosotros cuando reclamamos a los cielos justicia ante alguna circunstancia que estemos viviendo. Quizá pase tiempo, como le ocurrió a Fernando, quien debió esperar varias décadas para ver la justicia divina en acción. Y aunque él aprendió artes marciales para defenderse en caso de volver a ser agredido, en su caso fue de aplicación la exhortación: “estad quietos y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10).
Su anhelo de justicia fue recompensado con creces cuando Dios puso en sus manos a su agresor, con la vida pendiente de la misericordia de la ex víctima. Y no podemos dejar de destacar la contención familiar recibida por Fernando como el principal factor protector para todo niño o niña que enfrente dificultades en la infancia (rechazo, abandono de algún referente familiar o vivir en discapacidad). Quizá el respaldo, la escucha comprensiva, contención y confianza que Fernando tuvo en su entorno le dieron fuerza y fe para proyectarse en la vida y hacerse fuerte ante las dificultades.
El agresor en cambio, no pudo despegar de su realidad de odio interno y problematizó aún más su existencia involucrándose en adicciones que lo llevaron al borde de la muerte. Pero la provisión de Dios también alcanza a esos pequeños agresores, cuyas almas angustiadas sufrieron la injusticia de vivir en hogares rotos o disfuncionales, donde imperaba alguna forma de violencia y descontrol. En la historia de Fernando, al igual que en el libro de Ester en la Biblia, Dios no es nombrado pero se intuye Su presencia y Su accionar.
Hacer justicia en nuestro concepto es castigar al malhechor; pues sólo así aprenderá que se equivocó. Pero en la “lógica divina” pagar bien por el mal recibido es la fórmula revolucionaria de hacer que al victimario se le caiga la cara de vergüenza y aprenda la lección.
Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

