Por: Ps. Graciela Gares
El llamado “Reloj del Apocalipsis”, es un símbolo creado por científicos seculares para alertar sobre peligros a los que se enfrenta la humanidad. Señala el grado de amenazas causadas por el hombre a nivel ambiental, tecnológico y nuclear al que estamos expuestos y marca que estaríamos a segundos de llegar a la medianoche, es decir, a la destrucción total.
La presidenta del Boletín de Científicos Atómicos, Rachel Bronson, lo explicó así: “Las tendencias siguen apuntando ominosamente hacia una catástrofe mundial. La guerra en Ucrania plantea un riesgo siempre presente de escalada nuclear. Y el ataque del 7 de octubre en Israel y la guerra en Gaza ilustran aún más los horrores de la guerra moderna, incluso sin escalada nuclear. Los países con armas nucleares están inmersos en programas de modernización que amenazan con crear una nueva carrera armamentística nuclear. La Tierra experimentó su año más caluroso jamás registrado y se han arraigado inundaciones masivas, incendios y otros desastres relacionados con el clima. Y la falta de acción sobre el cambio climático amenaza miles de millones de vidas y medios de subsistencia”.
Bronson citó también los recientes avances en inteligencia artificial como otra preocupación, diciendo que “plantean una variedad de preguntas sobre cómo controlar una tecnología que podría mejorar o amenazar la civilización de innumerables maneras”.
La figura de un reloj con sus manecillas cercanas a la hora 12 intenta trasmitir un sentido de urgencia.
Desde el año 2020, la seguidilla de malos eventos que enfrentamos no ha cesado: la pandemia del coronavirus entre Enero 2020 hasta Mayo 2023, la invasión rusa a Ucrania en Febrero 2022 hasta hoy, el conflicto Israel – Hamás desde Octubre 2023, ciclones, huracanes, tsunamis o ascenso de los mares a raíz del cambio climático y la amenaza muy latente de una tercera guerra mundial.
Sabido es que la exposición continuada a las malas noticias provoca ansiedad, angustia y ánimo bajo, en particular cuando sentimos que tales asuntos se hallan fuera de nuestro control. No logramos estimar aún el deterioro para nuestra salud mental que implican estos hechos. Pero podemos asociarlos a la irritabilidad, el insomnio, la impaciencia, la intolerancia, el resentimiento, cierta agresividad y menor empatía y solidaridad que experimentamos.
La salud mental suele resentirse cuando se atraviesan períodos prolongados de desesperanza y/o de temor. El miedo y la desesperanza tienen consecuencias emocionales, espirituales, conductuales y de salud. De hecho, la desesperanza es aliada de las depresiones graves, de las conductas adictivas como las dependencias de sustancias y trastornos alimentarios, el trastorno bipolar y la ideación suicida.
En estos escenarios apocalípticos y sombríos, el filósofo surcoreano Byung Chul Han afirma que el fantasma del miedo al fin del mundo merodea y que tener esperanza en estos tiempos es una audacia; es lanzarse hacia lo desconocido. En su nuevo libro “El espíritu de la Esperanza” (2024), este pensador sigue intentando hacernos reflexionar sobre la existencia que llevamos y darnos fuerza para vivir en un mundo que transita de catástrofe en catástrofe.
En la angustia cada uno se aísla y refugia en sí mismo, afirma Han. Por tanto, crecen los discursos de odio, xenofobia, intolerancia religiosa, recelo ante el que es diferente. Asimismo, aumenta el culto al ego, al egoísmo y la competencia. “La sociedad se vuelve entonces cada vez más narcisista, se pierden las relaciones, y el trato y la angustia se hacen más intensos”.
Nuestra conducta pasó a estar pautada por el miedo a las guerras, a los virus y pandemias, a las hambrunas, a los peligros de la inteligencia artificial. La angustia nos acorrala y perdemos la esperanza. Como escapismo, cultivamos la superficialidad, el consumismo, lo instantáneo y la preocupación por obtener likes. El filósofo Han afirma que vivir sin esperanza equivale a meramente sobrevivir, sin disfrutar la existencia. “Cuando no tenemos otra cosa a que aferrarnos que el miedo, la vida se reduce a la supervivencia”.
Byung Chul Han contrapone la esperanza al miedo y menciona en sus escritos los dichos del apóstol Pablo en la carta a los Romanos donde afirma: “Ahora bien, si lo que se espera ya está a la vista, entonces no es esperanza, porque ¿para qué esperar lo que ya se está viendo?”
Para luego concluir: “la esperanza está abierta a lo venidero, a lo que aún no es. Es una actitud espiritual, un temple anímico que nos eleva por encima de lo ya dado, de lo que ya existe… La esperanza nos hace creer en el futuro. El miedo, en cambio, nos hace perder toda nuestra fe y resta crédito a la realidad.”
Los seguidores de Jesús sabemos que estos tiempos difíciles ya fueron anticipados por Dios en el texto bíblico. Los discípulos le habían preguntado a Jesús en privado: “Dinos, ¿cuándo sucederá todo eso? ¿Qué señal marcará tu regreso y el fin del mundo?” (Mateo 24: 3) Y allí Él les relató la sucesión de hechos que precederían a su venida, acotando lo siguiente: “Habrá más angustia que en cualquier otro momento desde el principio del mundo. Y jamás habrá una angustia tan grande. De hecho, a menos que se acorte ese tiempo de calamidad, ni una sola persona sobrevivirá; pero se acortará por el bien de los elegidos de Dios.” (Mateo 24: 21 y 22)
La Biblia habla mucho de la esperanza: “Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor” (1 Corintios 13: 13).
Los cristianos podemos llamarnos dichosos de poder albergar esperanza en nuestro corazón en medio de estos tiempos de medianoche de la humanidad. Y a la vez estamos desafiados a batallar para no perderla, ya que la fe de muchos se enfriará según está escrito en Mateo 24: 10 – 12.
La falta de esperanza entristece al individuo. Sabiendo esto, Pablo exhortaba: “No se entristezcan como los que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4: 13).
El escritor del Salmo 112 afirmaba respecto a los que temen a Dios: “Ellos no tienen miedo de malas noticias; confían plenamente en que el Señor los cuidará. Tienen confianza y viven sin temor…”
Y en la antigüedad, el patriarca Job aseguraba: “Vivirás tranquilo porque hay esperanza; estarás protegido y dormirás confiado”. (Job 11: 18)
Otro salmo dice: “Dichoso aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Señor su Dios, creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo cuanto hay en ellos y que siempre mantiene la verdad”. (Salmos 146: 5 -6)
Más adelante, el apóstol Pablo decía: “Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios”. (Romanos 5: 1 – 2)
La esperanza del cristiano no es una utopía. Así como el miedo al futuro se asienta en la sensación de falta de control de los eventos venideros, la esperanza del creyente tiene su asidero en la convicción de que Dios mantiene bajo su control el planeta que Él mismo ha creado. Dios se atribuye a sí mismo tal potestad cuando dice: “Quién ha hecho obras tan poderosas, llamando a cada nueva generación desde el principio del tiempo? Soy yo, el Señor, el primero y el último; únicamente yo lo soy”. (Isaías 41: 4)
«¡Quédense quietos y reconozcan que yo soy Dios! Toda nación me honrará. Seré honrado en el mundo entero.” (Isaías 46: 10)
Y alguno se preguntará: si Dios tiene tanto poder ¿por qué no interviene y detiene a quienes destruyen ahora la tierra? Conociendo el carácter de Dios, quizá no ha intervenido porque aún está operativa Su gracia: “Más él esperará para tener misericordia de vosotros, y por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo; bienaventurados todos los que confían en Él.” (Isaías 30: 18)
Pero no será así para siempre. Llegará el tiempo en que “la luz de los impíos es quitada de ellos, y el brazo enaltecido es quebrantado”, según se lo explicó al patriarca Job (Job 38: 15). Y respecto a los que le honran, Dios asegura: “Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo.” (Jeremías 29: 11)

