Por: Ps. Graciela Gares
Parte 1:
Parte 2:
Nuestro calendario señala el 2 de noviembre como día de recuerdo y reflexión acerca de los seres queridos que han partido de este mundo. La asistencia a los cementerios es menor año a año, tal vez porque la muerte sigue representando un tema tabú en la actual posmodernidad, donde el hedonismo y consumismo vacían de sentido trascendente a la vida y no aportan herramientas para enfrentar el final de la misma.
Pero lo sorprendente es que el hombre contemporáneo parece orientado a re-significar la muerte y afrontarla de un modo distinto, que la haga menos trágica y más soportable. En este contexto, no pocas personas están mirando hacia otras culturas, quizá ancestrales, que les ayuden a enfrentar lo inevitable, pero que vivan la muerte como algo festivo. Es el caso de la cultura mexicana, donde en el Día de Muertos se canta, se baila y se bebe, al mismo tiempo que se busca reconectar de alguna manera con los que se han ido.
En Uruguay, cada vez crece más el interés por el estilo de celebración mexicana, y en concreto en este 2024, tuvieron lugar en nuestro medio diversas actividades alusivas, como el levantamiento de altares a los muertos, acompañado de propuestas gastronómicas. El MAPI, – museo de arte precolombino e indígena-, junto a la embajada mexicana, anunciaron la creación de un circuito de doce altares, ubicados en bares y restaurantes de la Ciudad Vieja -desde el Mercado del Puerto a la Plaza Matriz-, para ser recorridos a pie y a la vez participar de la degustación de platos típicos mexicanos.
La festividad mexicana se basa en la creencia que los difuntos regresan del inframundo a compartir ese día con sus familiares y amigos. Por ello, se celebra con pan de muertos, comidas y bebidas predilectas de los que han partido. Se erigen altares en honor de los difuntos y se iluminan con velas, se colocan flores, incienso, sal, papel picado, calaveras de azúcar, agua, junto a fotos y pertenencias del difunto.
En contraposición al tiempo de tristeza y reflexión con que usualmente vivíamos el 2 de noviembre en la cultura judeo – cristiana, en México se conmemora con desfiles de carros alegóricos, música y colorido. Así intentan enmascarar y revertir el gran temor a la muerte. Turistas de todo el mundo viajan a ese país para presenciar tales desfiles. Este estilo de celebración trascendió fronteras hacia Colombia, Brasil y de modo incipiente está apareciendo en Uruguay.
La película “Coco” del estudio Pixar, distribuida por Disney y estrenada en el 2017, ha contribuido en gran medida a difundir y popularizar fuera de México el Día de Muertos. En ese film animado se resalta la unión familiar no solo con los vivos, sino también con los que se han ido, honrando su memoria. Se dice que esa película marcó un antes y un después en la celebración del día de los muertos en todo el mundo. Fue un éxito de taquilla en Estados Unidos y aún en China.
¿Cuál es la trama de la película de Coco?
Un niño de 12 años de edad, llamado Miguel, aspira a ser cantante y guitarrista, pero se frustra al conocer que en su familia está prohibida la música por alguna cuestión ancestral. Un antepasado suyo había dañado a la familia por seguir la carrera musical. Accidentalmente, Miguel es transportado al inframundo de los muertos donde buscará a su tatarabuelo músico ya fallecido, con la intención que la prohibición vinculada a la música sea removida en su familia actual.
Siendo la muerte la protagonista de la película Coco, la trama no obstante, es alegre y muy colorida, proponiendo a niños y a mayores un acercamiento a la muerte sin tristeza ni miedo, reconectándola con la vida misma y activando el recuerdo y la interacción con las personas que ya no están en la existencia presente.
La festividad mexicana del Día de Muertos tiene en sus orígenes un sincretismo religioso, fruto de la fusión de rituales indígenas pre -hispánicos, con elementos del catolicismo traído por los conquistadores españoles. En el año 2008 la Unesco reconoció la tradición mexicana de celebración del día de muertos como Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.
Este contagio cultural de prácticas que nos son ajenas, nos recuerda la infiltración del fenómeno de Halloween en nuestro medio y nos lleva a preguntarnos: ¿por qué somos tan permeables o vulnerables a influencias culturales ajenas? ¿Por qué vamos perdiendo nuestra identidad y nuestras raíces de fe cristiana? ¿Por qué adherimos a tradiciones extranjeras en lugar de fortalecer nuestra identidad cultural?
Para el cristianismo, los altares son símbolo de devoción y no deben erigirse en honor a persona humana sino sólo al Creador, Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás”, enseñó Jesucristo.” (Mateo 4: 10)
Asimismo, la invocación de muertos está prohibida: “Tampoco permitas que el pueblo practique la adivinación, ni la hechicería, ni que haga interpretación de agüeros, ni se mezcle en brujerías, ni haga conjuros; tampoco permitas que alguien …. invoque el espíritu de los muertos. Cualquiera que practique esas cosas es detestable a los ojos del Señor.” (Deuteronomio 18:11 – 12)
A la vez, el texto bíblico no nos alienta a maquillar la muerte, sino que echa luz sobre el origen de la misma: “… Por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo y trajo consigo la muerte, y la muerte pasó a todos porque todos pecaron.” (Romanos 5: 12)
Morir sigue siendo un evento dramático que nos aflige y nos habla de las consecuencias del pecado humano, pero no es el final, porque la muerte ha sido vencida por Cristo en su resurrección. Todos vamos a resucitar, unos para habitar junto a Cristo y otros para condenación.
El escritor de Hebreos afirma: “todos han de morir una sola vez y después vendrá el juicio” (Hebreos 9: 27).
Y el evangelista Juan se expresó así: “¡No se sorprendan tanto! Ciertamente, ya se acerca el tiempo en que todos los que están en las tumbas oirán la voz del Hijo de Dios y resucitarán. Los que hicieron el bien resucitarán para gozar de la vida eterna, y los que continuaron en su maldad resucitarán para sufrir el juicio.” (Juan 5: 28 – 29)
Mientras ese tiempo no llega, es prioritario reconciliarse con Dios, ya que de ello depende nuestro destino eterno.
Es bien sabido que los seres humanos necesitamos fundamentos sólidos para vivir, creencias a las cuales aferrarnos y cimentar nuestro proyecto de vida. Como seres espirituales habitando en cuerpos materiales, nos preguntamos como Pilatos: ¿qué es la verdad? (Juan 18: 38). Y si no hallamos respuesta caemos en la angustia y la desesperación. Y también quedamos expuestos a que nos ofrezcan engaños y aferrarnos a fundamentos falsos como las creencias ancestrales que citábamos.
Jesús le dijo a Pilatos: “Yo nací y vine al mundo para decir lo que es la verdad y todos los que pertenecen a la verdad me escuchan.” (Juan 18: 37)
“Tu Palabra es una lámpara a mis pies y una luz en mi camino”, le decía el salmista a Dios, respecto al texto bíblico. (Salmos 119: 105)
La convicción del apóstol Pablo era la siguiente: “Porque para mí la vida es Cristo y la muerte es ganancia”. (Filipenses 1: 21)
Y la provisión de Dios para el temor a la muerte del ser humano de todos los tiempos está íntimamente ligada al sacrificio de su Hijo: “el Hijo también se hizo de carne y sangre. Pues sólo como ser humano podía morir y sólo mediante la muerte podía quebrantar el poder del diablo, quien tenía el poder sobre la muerte. Únicamente de esa manera el Hijo podía libertar a todos los que vivían esclavizados por temor a la muerte.” (Hebreos 2: 14 – 15)
Para la Logoterapia, escuela de psicoterapia popularizada por el psiquiatra vienés Viktor Frankl, la muerte aporta sentido a la vida, ya que la certeza de la muerte nos lleva a aprovechar mejor el tiempo, centrándonos en lo trascendente de la vida misma.
En la misma línea, el escritor de Eclesiastés afirmaba: “Vale más pasar el tiempo en funerales que en festejos. Al fin y al cabo, todos morimos, así que los que viven deberían tenerlo muy presente.” (Eclesiastés 7: 2)

